Palabra muerta, palabra perdida



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Palabra muerta, palabra perdida
Mi memoria conserva apenas solo
el eco vacilante de su alta melodía:               
lamento de metal, rumor de alambre,
voz de junco, también
latido, vena.               
Recuerdo claramente su erre temblorosa,
su estremecida erre suspendida               
sobre un abismo de silencio y ámbar,
desprendiéndose casi
de la música oscura que por detrás la asía,               
defendiéndose apenas
del cálido misterio que la alzaba en el aire               
creando un solo cuerpo de luz y de belleza.
Luminosa y precisa,               
yo la sentía en mi ser profundamente,
sabía su sentido,
descifraba sin llanto su mensaje,               
porque acaso ella fuese
-o sin acaso: cierto-
la única palabra irrefrenable               
que mi sangre entendía y pronunciaba:
una palabra para estar seguro,               
talismán infalible
significando aquello que nombraba.
Como un perfume que lo explica todo,               
como una luz inesperada,
su presencia de viento y melodía
hería los sentidos, golpeaba               
el corazón,
estremecía la carne
con el presentimiento verdadero               
de la honda realidad que descubría.
Pronunciarla despacio equivalía               
a ver, a amar, a acariciar un cuerpo,
a oler el mar, a oír la primavera,               
a morder una fruta de piel dulce.
Todo ocurría así, hasta que un día               
la dije bien, y no entendí su cántico.
La grité clara, la repetí dura,               
y esperé ávidamente,
y percibí, lejano,
un eco inexplicable, infiel               
reflejo
que en vez de iluminar, oscurecía,
que en vez de revelar, cubrió de tierra               
la imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje.
Cuando un nombre no nombra, y se vacía,               
desvanece también, destruye, mata
la realidad que intenta su designio.