El libro y la bella
EL LIBRO Y LA BELLA
(A la memoria de Eduardo Apodaca)
Estoy leyendo a Keats en la alameda,
mecido por las sombras indolentes
del palio de los plátanos silentes
que suben hasta un cielo azul de seda.
La tarde va muriendo lenta y queda,
ungida por los cielos transparentes.
Y Keats va derramando sus dolientes
versos sobre mi alma. El sol se enreda,
entre las ramas que la luz desnuda,
con la belleza que le entrega el día.
Cierro el libro. Mejor mirar, sin duda,
por su dulce belleza embelesado,
a la chica que pasa por mi lado.
Es la reencarnación de la poesía.
(Santander, 16 de julio de 2008)
EL LIBRO Y LA BELLA
(A la memoria de Eduardo Apodaca)
Estoy leyendo a Keats en la alameda,
mecido por las sombras indolentes
del palio de los plátanos silentes
que suben hasta un cielo azul de seda.
La tarde va muriendo lenta y queda,
ungida por los cielos transparentes.
Y Keats va derramando sus dolientes
versos sobre mi alma. El sol se enreda,
entre las ramas que la luz desnuda,
con la belleza que le entrega el día.
Cierro el libro. Mejor mirar, sin duda,
por su dulce belleza embelesado,
a la chica que pasa por mi lado.
Es la reencarnación de la poesía.
(Santander, 16 de julio de 2008)
