Solitude



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Solitude
                SOLITUDE

Se da la irrefutable paradoja
de que nadie, nadie entre los mortales,
puede estar absolutamente solo,
ni el eremita, ni el que busca el yermo
para alejarse de la humana barbarie,
ni el que se encierra dentro de su alma
como en un laberinto inexpugnable,
ni el poeta en su torre de marfil,
ni el que se siente solo o quiere estarlo,
ni el que al verse en el espejo encuentra
que es un reo de su propia imagen,
ni el mismo Dios que, al acabar su obra,
se replegó en su mudo solipsismo.
Como un destino o una maldición
que nos persigue inexorablemente,
desde la cuna hasta la sepultura,
o incluso más allá de la muerte,
la eterna soledad nos acompaña.

                       
          (Santander, 26 de julio de 2008)