Por mantenerme incolume
Aquí en la Roma idealizada, degusto
el helado frente a la Basílica de San Pedro: Las piernas traen
el cansancio del día y mi cabeza vuela
hacia la cumbre que nunca concebí.
No logro interpretar el color que se adhirió al asombro
ante la fuente gigantesca. Siento el fragor de las batallas
dentro del Coliseo. Los harapos de los muertos y el temblor de las casas,
de las que aun quedan brazos y cabezas que gimen,
me estremecen. No hay aves cortando los gritos del silencio,
solo andan cansados caminantes, y yo que estoy trayendo
ansias de trascender, de no ser el simple huésped
que se lleva pedazos de recuerdo. El fantasioso
cuerpo de la tarde anda poniendo sombras;
vuelve contra el Tíber la templanza.
Subida en la grada de un secreto lo miro desde el puente,
me descalzo como María de Austria
y pido solo un parto
con la moneda a punto de caer.
Aquí en la Roma idealizada, degusto
el helado frente a la Basílica de San Pedro: Las piernas traen
el cansancio del día y mi cabeza vuela
hacia la cumbre que nunca concebí.
No logro interpretar el color que se adhirió al asombro
ante la fuente gigantesca. Siento el fragor de las batallas
dentro del Coliseo. Los harapos de los muertos y el temblor de las casas,
de las que aun quedan brazos y cabezas que gimen,
me estremecen. No hay aves cortando los gritos del silencio,
solo andan cansados caminantes, y yo que estoy trayendo
ansias de trascender, de no ser el simple huésped
que se lleva pedazos de recuerdo. El fantasioso
cuerpo de la tarde anda poniendo sombras;
vuelve contra el Tíber la templanza.
Subida en la grada de un secreto lo miro desde el puente,
me descalzo como María de Austria
y pido solo un parto
con la moneda a punto de caer.
