Don de la ebriedad



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Don de la ebriedad
       

Siempre la claridad viene del cielo;               
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa               
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche               
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados               
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega               
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos               
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!               

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla               
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.               
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?               

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,               
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,               
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.