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Berenice - Poemas de Edgar Allan Poe



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Categoría: Poemas de Amor
Berenice
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008


       
       Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
       curas meas aliquantulum fore levatas.
       EBN ZAIAT

       
       La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra.        Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan        variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos.        ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la        belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del        dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de        la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia        de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber        sido.
       Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en        este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión.        Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos        sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los        frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves        de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de        cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la        naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para        justificar esta creencia.
       Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus        libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací        yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce        una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy        convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de        formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y        tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra,        vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la        imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón.
       En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que        parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de        imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición        monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y        ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en        ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez        me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la        parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión        completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del        mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las        extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en        materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total        existencia.
       
       Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros        antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en        tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por        la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí        mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella,        vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni        en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! -Invoco su        nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos        recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en        sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica        belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus        fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, y una historia        que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cayó sobre ella        como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la        arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la        forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La        fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la        conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice.
       Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y        fatal, que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico        de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase        de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido        a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, se        despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad        -pues me han dicho que no debería darle otro nombre-, mi propia enfermedad,        digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una        especie nueva y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba        y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si        así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas        propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra        atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad,        que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector        corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso        las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y        se concentraban en la contemplación de los objetos más comunes del universo.
       Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota        trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía; estar absorto        durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía        oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche        observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego;        soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente una        palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba        de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de        la existencia física, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo,        mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes        y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en        realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo de análisis o        explicación.
       Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención,        excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que confundirse con la        tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se        entregan de forma particular las personas de una imaginación inquieta.        Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la        exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta,        diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto        normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de        deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al final de una        ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera        causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi        caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría,        mediante mi visión perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas        deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al        objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y        al final de la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista,        había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el        rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más        ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención;        mientras que en el caso del soñador son las de la especulación.
       Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el        trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por su carácter        imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo.        Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus        Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios];        la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de        Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia        paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et        sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas        semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo.
       Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi        razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión,        que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz        de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor        llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer        fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de        Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas        para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha        costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los        intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y,        profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no        dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos        por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y        extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi        enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias        semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi        trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más        llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña        y espantosa deformación de su identidad personal.
       En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la        extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del        corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos        amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el        silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y        yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la        Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su        abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un        objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa        especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se        acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina,        recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le        hablé de matrimonio.
       Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de        invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y        brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado        (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al        levantar los ojos, vi a Berenice ante mí.
       ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la        incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su        figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría        decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido        pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una        sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma,        y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis        ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor        huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi        ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
       La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo        fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba        las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que        contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su        rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé        involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y        contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los        dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos.        ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera        muerto!
       El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista,        descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados        aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco        y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una        sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa        sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más        claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y        allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y        excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor,        como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó        toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e        irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo        pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás        preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa        contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi        mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la        esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi        desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus        peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su        naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder        sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de        expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses        pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses        dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me        destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí        que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón.
       Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el        nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo        seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en        la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio,        como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes        luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de        horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces        preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté        de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a        una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía.        Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al        caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y        terminados los preparativos del entierro.
       Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había        despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que        desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea        exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin        embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más        horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página        espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros,        horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano;        mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante        grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué        era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación        me contestaron: ¿Qué era?
       En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una        pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues        pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi        mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en        cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de        un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas        palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae        visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al leerlas, se        me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
       Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante        de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso        terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas        frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el        silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde        procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló,        susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y        desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía!
       Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada;        me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi        atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos:        era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no        pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al        suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos        instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos        objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo.
       




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