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El sueÑo - Poemas de Giacomo Leopardi



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Categoría: Poemas de Amor
El sueÑo
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

Era el alba, y detrás de los postigos
por el balcón el sol insinuaba
la luz primera en mi cerrada alcoba;
cuando en el tiempo que es más leve el sueño               
y más suave cubre las pupilas,
junto a mí vino, y me miró ala cara
el simulacro de la que primero
el amor me enseñó, y me dejó el llanto.
No parecía muerta, sino triste,
con semblante infeliz. Con la derecha               
cogiendo mi cabeza y suspirando
"¿Vives –me dijo– y guardas de nosotros               
algún recuerdo?" Respondí: "¿De dónde
y cómo vienes, oh belleza? ¡Ah cuánto,              
cuánto pené por ti: yo no pensaba
que pudieras saberlo, y esto hacía
aún más desconsolado mi dolor.
¿Pero vas a dejarme una vez más?
Lo temo mucho. Di, ¿qué te ha ocurrido?               
¿eres tú la de ayer? ¿y qué te aflige
eternamente?" "Ofusca la olvidanza
tu pensamiento, y lo confunde el sueño               
-dijo-. Estoy muerta, y hace muchas lunas
me viste por postrera vez". Inmenso               
dolor el pecho me oprimió al oírlo.
y prosiguió: "Morí en la flor del tiempo,               
cuando la vida es más hermosa, y antes
que el corazón comprenda que son vanas               
las esperanzas. El mortal enfermo
desea fácilmente a quien le libra
de afanes; mas la muerte sin consuelo               
llega a la juventud, y es duro el hado
de la esperanza extinta bajo tierra.
              
Vano es saber lo que a los inexpertos
de la vida natura les esconde,
y al saber inmaduro en mucho gana
el dolor ciego." "Oh cara, oh sin ventura,              
calla, calla -le dije- pues el pecho
tu voz me rompe. ¿Así pues, estás muerta,               
oh mi dilecta; y yo estoy vivo? ¿el cielo
ordenó pues que aquel sudor extremo               
este cuerpo tan tierno y tan querido
probar debiera, y para mí quedaran               
enteros mis despojos? ¡Cuántas veces,
al pensar que no vives y que nunca
te volveré a encontrar en este mundo,               
no lo puedo creer! Ay, ay ¿qué es esto
llamado muerte? ¡Si hoy por experiencia               
lo supiese, e inerme la cabeza
sustrajera a los odios del destino!
Soy joven, mas se pierde y se consume               
mi juventud igual que la vejez
que aún está lejos, pero que me espanta.
Pero de la vejez poco difiere
de mis años la flor." "Los dos nacimos               
-dijo- para llorar; a nuestra vida
la dicha no rió; y se gozó el cielo
con nuestras penas." "Si de llanto el párpado               
-añadí- y mi semblante emblanquecido
por tu partida ahora, y si de angustia               
llevo el pecho cargado, di, ¿de amor
ascua alguna, o piedad alguna vez               
hacia el mísero amante ardió en tu pecho
cuando vivías? Yo desesperando
y esperando pasaba día y noche               
entonces; y hoy se cansa en vanas dudas
mi mente. Que si al menos una vez               
dolor sentiste de mi negra vida
dímelo, te lo pido, y me socorra
el recordar, pues de futuro privan
a nuestros días”, y ella: "Oh desdichado,              
consuélate. Yo de piedad avara
en vida no te fui, ni ahora lo soy,
mísera yo también. No tengas queja               
de esta desgraciadísima muchacha."
"Por nuestra desventura, y el amor
que me oprime –exclamé– por el querido               
nombre de juventud, y la perdida
esperanza, permíteme, oh amada,
que tu derecha toque." y con un gesto               
triste y suave me la dio, y al tiempo
que de besos la cubro, y de afanosa               
dulzura palpitando a mi anhelante
seno la aprieto, de sudor hervían               
pecho y rostro, la voz se me cortaba,
y vacilaba el día ante mis ojos.
Cuando ella tiernamente su mirada               
fijó en la mía, " ¿Olvidas, oh querido,
-dijo- que estoy desnuda de belleza?               
y tú de amor en vano, oh desdichado,
tiemblas y ardes, y ahora, al fin, adiós.               
Nuestros cuerpos y mentes se separan
eternamente. Para mí no vives
y nunca vivirás. Ya rompió el hado
tu fe jurada." Entonces con angustia               
yendo a llorar, y delirando, henchidas
las pupilas de llanto sin consuelo,               
dejé el sueño. Mas ella sin embargo
quedó en mis ojos. Y en el rayo incierto               
del sol me pareció seguirla viendo.

Versión de Luis Martínez de Merlo




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