Doy fe
A Carlos Alberto Rivera
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica,
el color le pertenece,
la viene usando
desde el principio de los tiempos.
Doy fe de su llanto y la sonrisa,
de los fantasmas que le asaltan;
viste de azul la vigilia
aun el oscuro habitante de la noche.
Huésped del lugar donde la montaña crece,
inquilino del instante que discurre eterno,
ostenta la edad de los siglos,
el corazón de fuego,
el alma de piedra convertida en árbol.
Capaz de sortear el abismo,
de conjurar el vacío,
oficia cada día los rigores del vértigo.
Cazador de brumas,
limpia en verano el gris del horizonte.
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica.
Un río cruza su piel de orilla a orilla,
una palabra cubierta de raíces,
la voz de un verso como trueno o lluvia,
y la aurora desnuda, abierta.
Hay una herida de ausencia
en la piel de este hombre,
dolor de lejanía.
Pero el árbol de la casa cubre
con sus ramas vivas
el adios, el hasta luego,
trasciende el desarraigo,
cosecha la caricia.
La aldea que ama lo acoge en su seno,
en su hechizo.
Por calles largas como piernas del viento,
ebrio de luz lleva los pasos.
Los pasea por el sol de la hora,
los pasea por la sombra del sol,
y sonríe, y saluda,
abrazo elemental,
firme la voz,
limpia la mirada.
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica.
Notario único del círculo del viento,
sé que este hombre reside en la copa del árbol más alto:
su familia el cielo,
la distancia.
A Carlos Alberto Rivera
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica,
el color le pertenece,
la viene usando
desde el principio de los tiempos.
Doy fe de su llanto y la sonrisa,
de los fantasmas que le asaltan;
viste de azul la vigilia
aun el oscuro habitante de la noche.
Huésped del lugar donde la montaña crece,
inquilino del instante que discurre eterno,
ostenta la edad de los siglos,
el corazón de fuego,
el alma de piedra convertida en árbol.
Capaz de sortear el abismo,
de conjurar el vacío,
oficia cada día los rigores del vértigo.
Cazador de brumas,
limpia en verano el gris del horizonte.
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica.
Un río cruza su piel de orilla a orilla,
una palabra cubierta de raíces,
la voz de un verso como trueno o lluvia,
y la aurora desnuda, abierta.
Hay una herida de ausencia
en la piel de este hombre,
dolor de lejanía.
Pero el árbol de la casa cubre
con sus ramas vivas
el adios, el hasta luego,
trasciende el desarraigo,
cosecha la caricia.
La aldea que ama lo acoge en su seno,
en su hechizo.
Por calles largas como piernas del viento,
ebrio de luz lleva los pasos.
Los pasea por el sol de la hora,
los pasea por la sombra del sol,
y sonríe, y saluda,
abrazo elemental,
firme la voz,
limpia la mirada.
Doy fe que la piel de este hombre es auténtica.
Notario único del círculo del viento,
sé que este hombre reside en la copa del árbol más alto:
su familia el cielo,
la distancia.
