Brassai en el reina sofía



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Brassai en el reina sofía
¿Pero habría aún un lugar al que huir, veleidades de celebración, una
rueda sin eje? La gran lápida vertical cubierta de musgo nos cierra el paso. Hay inercias      más destructivas que ningún golpe, que ninguna inmediatez. La cabeza de muerto de      Brassai emerge de las sombras: su teatro carnal alimentó horas de agonía. «Los objetos      me han ido elevando hasta su altura», le había dicho Goethe, animal prójimo, y él se      lo repitió al anciano de Weimar a los ochenta y tres años. La cabeza de muerto del      surrealismo
emerge, llamarada de un deseo desarbolado, retráctil, incandescente; timón de una      belleza involuntaria, radicalmente curada de nostalgia. Qué envergadura la de este jinete      escamoso. El tren avanza hacia atrás, desde el último vagón me gritan: las cosas pueden      hacerse de otra forma. La vida puede enlazarse con otra libertad.

              De "Desandar lo andado"