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Historia de nuestro amor - Poemas de José María Valverde



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Categoría: Poemas de Amor
Historia de nuestro amor
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

       

(MÁS ALLA DEL UMBRAL)

              

             Softly my Future climbs the stair,
      I fumble at my childhood's prayer-
      So soon to be a child no more!
      Etemity, I'm corning, Sir,-
      Master, I've seen that face before.
      Emily Dickinson


Ya sé, ya sé que estaba amaneciendo
y en la neblina y en tus vagos párpados
empezaba la tierra, todavía
menos costumbre que ilusión, brotada
de un poso de campanas y de soles
madrugados de tu niñez. Cercando
el despertar con voz de caracola,
casi haciéndote daño, la esperanza
desbordada y sin rostro, igual que todas
las mañanas, cantaba por tus venas
como un golpe de miel ebria, disuelto
al caer dentro de tu corazón.
              
Niña desobediente a los deberes
de ser mujer, la cifra de tus años,
obstinada en tu infancia, en alargarla,
a esa hora sentías tú la vida
golosamente retrasada, entera,
palpada como fruta que da lástima
morder, por no romper la tersa piel.
              
Pero al salir un poco más a flote,
de súbito, entre el vaho rumoroso
de mares, de ciudades y de puentes,
sentiste que perdía pie un latido,
que te había llamado una voz nueva
con un nombre más grave, más secreto
e ineludible; el nombre de tu muerte;
que un pájaro augural se había oído
y un viento del amor, por un instante,
vino a cubrir el ruido de las olas.
              
Como si amanecieras a un domingo
más solemne, aguardado largamente,
mirándolo acercarse, y conversándolo,
y al comprender que es hoy, que ya no cabe
más ilusión, entonces lo temieras,
lo quisieras dejar para otro día,
aplazarlo hasta nunca, por el miedo
a su cansado atardecer, la vuelta
de la tarde hacia el lunes, recontando
lo que por fin fue todo lo soñado;
así sentiste el corazón, con vértigo
alzarse contra el tiempo, rebelarse
contra su mismo peso de manzana,
vertido sin remedio hacia unas manos.
              
No era ya un nombre de hombre, ni mis ojos
en solemne esperar el sacrificio,
no era mi voz quebrada, tal de un niño
que pide una limosna de ser grande
y de tener dolores de varón,
sino que viste atrás el hado, el tiempo,
la seria obligación de vida y tránsito.
Al fin, habrías de cumplir tus años
sin demorarlos más; y recibías
al destino con tus trajes de niña,
hasta acabar de usarlos, por vez última.
              
Pensaste: «Y esto es todo. Mis inmensos
sueños son esto, igual que si muriera».
Yo entré casi con pena, deteniéndome
ante ti, en tu país de luz antigua,
estremecido de respeto, viendo
tu casa, donde siempre es Navidades,
tu verano descalzo, siempre el mismo,
en que regresas a tu origen quieto,
tu crecer junto al mar, en sus raíces.
              
Ea, todo acabó. Pues todo sigue
pero ya no es la misma tu mirada.
Como si hubieras puesto un nuevo espejo,
hay una doble luz hoy en tu cuarto,
llegó el amor a saltear tus reinos
de inmóvil sol, y no por los caminos
por que se viene y va hasta los inviernos;
ha venido del lado de la playa,
vagabundo, bajando desde el monte
donde se oía el mundo por la tarde.
Ahora sabes qué inútil fue volverte
a la pared, a atar el hilo roto,
querer resucitar viejos muñecos,
con mano dulce sujetar el alma.
              
Yo te vi someterte poco a poco,
quitarte la corona de ilusiones,
descender del sitial de libertad
a querer sin querer; he contemplado
tu primera sonrisa temerosa,
distraída, volviéndose a luchar
contigo misma y el amor naciente,
como asomada a una ventana, pero
escuchando hacia dentro de la casa
los pasos de alguien que entra; yo sé cómo
alguna vez, al tiempo de tu risa,
se veía cruzar un pez de sombra
bajo tus ojos de agua abierta y clara.
Ya bajas y gozosamente aceptas
tu parte de dolor yamor. Colocas
mi mano sobre tu cabeza y dices:
«Heme aquí. Cúmplase en los dos lo escrito».
              
Pero nunca hay morir. Inesperada
vida, como al pasar de un valle a otro,
nos envuelve y se impone lentamente.
Yo soy igual que tú. Yo tuve miedo
antes también, y, mira: ahora rebusco
hasta lo más pequeño y olvidado
de mí para traerlo a que se queme
en ti. Tras el primer escalofrío,
como al caer una cadena de ancla
por su escobén, con roce helado y súbito,
se abre luego el silencio en anchos cercos
y reina la mañana sobre el barco,
así despierto ahora a la luz nueva,
así siento inundarse en otra sangre,
casi ajena, mi corazón, y palpo,
atónito, el milagro, aún sin verlo,
porque mis ojos todavía empiezan
a aprender de las manos. Todo llega
a la oblación en caravana alegre;
antes, mucho nombraba yo a la muerte
con mi primera voz, y hoy no hace falta;
su sello de verdad definitiva
lo pones tú en mis cosas. Para ti
he crecido de niño con sospecha
de un destino, y he estado preparando
con tiempo mi ternura y mi palabra,
mi antigua sumisión enardecida;
meditando qué fueran unos ojos,
empeñando en hacerme digno, en cada
paso, como si ya me vieras; siempre
vestido para el viaje, y todo en orden.
              
Aquí lo tienes, échalo en la hoguera
que nos tapa la oscuridad del bosque.
Ven, muerte mía, muerte de ojos claros,
y al hundirme en tus aguas dame vida,
vuelve a acunarme, cántame el nacer
con tu voz, que no se oye de tan pura,
ábreme la mirada al nuevo día,
como tras de haber muerto, donde todo
depone su verdad. Ya, más difuntos,
andamos por un suelo más secreto;
aprendiendo a ser dos, vamos errando
descalzos por lo oscuro de la casa,
por donde al retumbar la voz se nota
que alguien vela en silencio, mientras mana
la esperanza en tinieblas, como fuente
que no se oye, mas todo lo enternece;
descendemos a nuestra roca viva
donde se posa el pie de Cristo, el peso
consolador de Dios, como una mano
en la frente del niño ciego; donde
nos empieza a nacer todos los días
nuestro Cristo de dos, resucitando,
multiplicando el mundo, que se extiende
ahora con más montes y más tierras.
              
Y hoy que vamos creyendo en otros días,
juntando más amor para mañana,
y ponemos despacio en una hucha
los besos ahorrados, le decimos
a Cristo que es la hora de que llegue,
hoy que empieza a ser todo verdadero,
para que lo conviva y lo recoja;
que ya puede venir a compartir
nuestro pan de esperanzas, ya sentarse
con nosotros, ahora que tenemos
un rincón, entre dos almas, sin viento,
y una cuna de manos enlazadas;
que bajo nuestro techo de palabras
habite con los dos, para que se haga
verdad lo que decimos, y aprendamos
a estar cerca, y dejados en su sombra,
a ver la paz ya hablar y oír más bajo;
que sobra voz, ya siempre sobra voz...

              

De "Versos del domingo"               




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