I
ANDAR ES TU DEFINICIÓN
Si alguien me hiciera una pregunta
sólo podría decirle que a mí me gusta verte andar,
y en vez de contestarle
trasladaría mis ojos a los suyos para que recordara,
sin haberlo vivido,
la convencida seriedad con que andas lo mismo que la luz
se mueve haciendo testamento,
pues tus pasos transmiten un orden instantáneo
como si tú llevaras al andar el movimiento de la tierra.
Destrabada y solar vienes desde la sangre y tienes el oficio
del verano,
andar es tu definición
y tu gracia es el orden,
y tu fuerza es el ímpetu con que a veces te paras mientras
hablas
igual que se repliegan las defensas de una ciudad para
hacerla más fuerte.
Alguna vez me has dicho:
-Las mujeres parecen gorriones que se mueven saltando-
y en efecto se les ve la premura,
la entrega anticipada,
la premeditación de ser mujeres que andan con los pies
juntos
para quedarse pequeñitas y repetidas en los ojos de alguien;
pero la libertad tiene su propio ritmo y tú eres diferente,
pues tu modo de andar es un modo de hablar
que no pregunta nada,
y hace tiempo he pensado que vives como andas,
que vives con la misma propiedad con que andas porque la
calle es tu licenciatura.
Es cierto, amiga mía, lo espontáneo libera,
y tu espontaneidad se nos acerca tanto
que quien te vio una vez te necesita,
sigue tus pasos en la tierra como la oruga procesionaria
marcha en reata sobre el pino,
y yo te he visto andar de manera tan persuasiva
que el aire tintinea
y las calles progresan al mirarte,
y hay nubes que en el cielo van tomando tu forma,
y un solo paso tuyo puede atar mucha gente,
atarla y desatarla,
pues estás en la tierra,
entre nosotros,
y no hay nada en tu cuerpo que no nazca al andar,
y no hay nada en el mundo que no lleve tu paso.
II
LA PALABRA SE CONVIERTE EN ESPANTO
Si alguien me hiciera una pregunta
sólo podría decirle que a mí me gusta hablar contigo,
que a mí me gusta oírte
cuando tu claridad se convierte en dureza lo mismo que el
carbón cristaliza en diamante,
porque lo justo es necesario y tú hablas con justeza,
con pronosticación,
para mostrarme que no hay presentimientos sino jubilaciones,
que el espanto no nace de vivir,
es anterior al hombre
y quien quiere evitarlo agoniza.
La claridad se mira y no se ve,
viene desde muy lejos,
y a mí sólo me importa hablar contigo,
hablar contigo ahora como el agua se coge entre las manos
sabiendo que sólo puedes retenerla unos cuantos segundos:
unos segundos bastan,
cuando el amor se acabe voy a seguirte oyendo:
-¡Por favor, no te duermas mientras hablo!
Si estás cansado, vete. La ternura se acaba en el deseo.
Luego el silencio se convierte en vacío,
y las noches comienzan en el alba.
Te he dicho muchas veces que hay que aceptar la realidad:
ni los sueños se viven, ni las alas se juntan,
por eso a veces no tenemos sino una sola mano y no es
la nuestra.
Los muertos crecen recordándolos y ya no vuelven a morir.
Escucha. No te mueras. No te puedes morir. Te necesito.
Ahora me estás hablando y sé que tu dureza no tiene causa alguna,
viene desde tu origen
y tus palabras nacen para doler,
pero llevan la sonrisa en la espalda
y cuando las recuerdo me liberan de esa profanación que
es siempre el miedo.
Tengo una gran velocidad para sufrir
y cuando estoy contigo
siempre llega un momento en el que tus palabras se quedan
sin hablar
y me aprietan lo mismo que una venda,
sosteniendo su abrazo,
y me hacen comprender que lo que nunca dices me sostiene.
Pero también alguna vez te he oído,
neutralizado y descendiente,
con ese escalofrío que nos produce la raspadura de un
cristal,
y tu voz me mantuvo anestesiado sobre la mesa de
operaciones,
durante varias horas,
hasta quitarme las adherencias,
las contaminaciones personales,
los supuestos,
para después, Como una aguja, irme cosiendo el vientre
poco a poco,
mientras el camarero nos decía para legitimarse:
-Esta noche hay frambuesas.
La verdad suele maniatarnos como la mantis religiosa
paraliza a quien ama,
pero tú no nos atas a ninguna verdad,
tu voz es tu atadura,
tu voz es tu andadura,
vives en ella despaciándote
como si concibieras durante nueve meses lo que vas a decir
y hablar contigo fuera un parto.
III
MIENTRAS VUELAN LOS PÁJAROS
Si alguien me hiciera una pregunta,
se lo agradecería
ya que podría decirle que me gusta mirarte como si regresara
de vivir
y es porque veo tus ojos temiendo que se acaben.
La alegría de mirarte crece con el temor
y si sigue creciendo de este modo puede llegar a hacerse
insostenible
Como una deuda pública que es preciso pagar durante varias
generaciones.
Empiezo a verte ahora
y en tus ojos hay pájaros que no regresan nunca,
olas que se disgustan a fecha fija,
cicatrices que pueden despertar,
y algo tuyo, muy tuyo, que al declararse se convierte en
misterio
igual que la dulzura se convierte en pregunta.
Tu mirada se extiende cuando llega la noche
y tiene esa bondad un poco intransigente de las personas
a quienes se les nota que saben elegir,
y ese color tostado de azúcar vagabunda,
y esa continua averiguación que en tus ojos es igual que
una grapa.
Debo decir, amiga mía, que cuento tu mirada entre mis
bienes gananciales,
y lo que nunca olvido es ese instante
en que el amor se interna hacia su origen,
y tus ojos se quedan descielados,
y ya no miran, ceden, y caen, pero hacia atrás,
como una piedra entra lentamente en el agua.
y no hay nada en la vida,
nada,
nada,
que se parezca a esos segundos
en que tus ojos vueltos miran dentro de ti,
y sólo quieren ya seguir cayendo,
cedientes,
desasidos,
arrastrados,
y yo no sé mirar pero los sigo
en esa internación que nunca encuentra fondo en su caída,
detrás de ellos, amor, detrás de todo,
detrás de todo, amor, pero sabiendo
que empezará el recuerdo cuando la luz acabe.
14 de agosto de 1977
