Un momento en el cielo



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Un momento en el cielo
El recuerdo camina en la vigilia y en el sueño,
camina noche y día
para hacerse transparente al andar,
y es un suelo de agua
o un espejo,
y ahora el espejo tiembla
y me encuentro ante ti como si me hubiera cortado los
párpados para verte mejor;               
y el mirar es un no que nada puede detener,
pues no sé si te veo,
si puedo ver tu rostro como se lee un periódico,
ya que te quiero mucho,
¿sabes?
te quiero tanto que cuando sigo tu mirada puedo llegar hasta
tu niñez,
pero también hay veces, muchas veces, que al mirarte te
estoy profetizando.
Alguien viene cantando entre los árboles
alguien me viene a ver:
es la alegría,
que llegó de puntillas para no despertarnos
y ahora forma una linde con el cielo y la tierra.
              
Hay días en que las horas son lo mismo que las olas,
y todo lo que vives,
hasta lo más pequeño y lo más raudo,
deja su huella en nuestra sangre
como esa golondrina deja en los ojos que la ven la sombra
de su vuelo.
Así te llega el turno de vivir cuando menos lo esperas,
una imagen se ahínca y empiezas a sentir su clavazón,
y ahora te vuelvo a ver cuando acabas de llegar de un viaje
y estás con un pañuelo, campesino y doméstico, en la cabeza,
haciendo la limpieza de la casa,
tan concienzudamente
como si fuera necesario que tus manos lavaran los pecados
del mundo.
              
El aire en torno tuyo tiene calor de absolución,
y yo quiero ayudarte,
¡no te rías!
no estoy diciendo un disparate,               
hay muchas cosas imposibles que nos ayudan a vivir,
y yo estoy ayudándote a andar porque tienes los pies un poco
distraídos,
y te encuentro distinta, como si hubieras adoptado a una niña
que te estuviera ya sustituyendo;
ya sé que esto es difícil de entender mas los ojos no engañan
y tengo que encontrarles alguna explicación,
¿no recuerdas que al volver de un viaje nos hacemos más
jóvenes?
y
yo
estoy
      trascordado,
y no niego a saber si lo que estoy mirando es un recuerdo,
pues el tiempo se ha puesto de tu parte
y sólo sé que estás conmigo
con un balde apoyado en la escalera y una esponja en las
manos,
haciendo la limpieza de la casa
-ya sabes queja casa es el bautismo de cada día-
lavando las cortinas, los cristales y la luz de la tarde
para que todo lo que nos rodea participe de la resurrección,
y las paredes, para darte alegría, desentierran el humo
de las celebraciones con amigos que dan calor humano y dan
trabajo,
y escuchamos las sonatas de Bach para violín y clave,
porque la música es de agua,
y recuerdo muy bien
que tú lavabas las estanterías
dándole a cada libro su vigilia,
y en cada balda que limpiábamos
te saltaba el jabón desde el agua a las manos igual que saltan
los delfines,
y la limpieza daba a la casa un acento más íntimo,
era como tu voz,
y tú mirabas de cuando en cuando la labor concluida con los
ojos certificados para mayor seguridad,
y la esponja ya sabes que se apasiona mucho con el agua,
la toalla parecía desvivirse,
la escalera de mano había adquirido cierto fervor itinerante
pues nosotros, aquella tarde, dimos tantos paseos que
llegamos al Paraíso Terrenal,
y no hemos regresado todavía.
              
Esto pasó como lo estoy contando
y me enseñó a vivir con los ojos abiertos;
ahora sé que la casa es tu investidura,
tu niñez
y tu cordón umbilical,
pues nunca me he sentido tan sirviente y tan tuyo,
y sé que para siempre estás casada,
y no voy a olvidarlo
ya que la puesta en orden de la casa ha ido poniendo en
orden nuestra vida,
y fue un momento sólo,
y fue sólo un momento pero definitivo
igual que si estuviéramos haciendo la limpieza del cielo
juntos.
              
13 de agosto de 1976