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CanciÓn del esposo soldado - Poemas de Miguel Hernández



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CanciÓn del esposo soldado
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

       

He poblado tu vientre de amor y      sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:               
he llegado hasta el fondo.

                            

Morena de altas torres, alta luz y ojos      altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos               
de cierva concebida.

              

Ya me parece que eres un cristal      delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado               
fuera como el cerezo.

              

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,             
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,               
ansiado por el plomo.

              

Sobre los ataúdes feroces en acecho,               
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho               
hasta en el polvo, esposa.

              

Cuando junto a los campos de combate te      piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa               
de hambrienta dentadura.

              

Escríbeme a la lucha, siénteme en la      trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,               
y defiendo tu hijo.

              

Nacerá nuestro hijo con el puño      cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado               
sin colmillos ni garras.

              

Es preciso matar para seguir viviendo.               
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo               
cosida por tu mano.

              

Tus piernas implacables al parto van      derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas               
recorres un camino de besos implacables.

              

Para el hijo será la paz que estoy      forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos,
tu corazón y el mío naufragarán, quedando               
una mujer y un hombre gastados por los besos.

                                                                      




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