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Los parias - Poemas de Salvador Díaz Mirón



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Los parias
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

¿Queréis que entre el arrullo de mis brazos
tiemble el dormido corazón de Helena               
como entre sus asiáticas murallas
y el vulnerable hijo de Peleo               
otra vez en su lecho halle al amigo
por el que rugió hermoso? ¡Ay, quién pudiera               
con su soplo alentar tales prodigios
y devolver la vida con su canto               
a quienes se mostraron por la tierra
con tal deseo espléndido! Una aurora               
puedo mecer en vuestros corazones
despertando la rosa en las mejillas               
de aquellos hechos, dando a sus miradas
glaucos ojos y finas como liebres               
piernas aventureras que recorran
con pasmo el verde mundo y, al regreso               
de sus trabajos, bellos cual conquistas
de extraños soles, darles el acanto               
como fresco cojín de sus placeres.
¿Mas debe el hombre transmitir el culto               
de sus demencias? ¿Debe en sus delirios
arrancar de la nada los secretos               
del caudaloso manantial antiguo
sobre el cual las voraces primaveras               
desfilaron cual mármoles de sueño
su gentil pubertad? Aquellos seres,               
aquellas enigmáticas hazañas,
aquel juego de dioses sometidos               
Allá en el claro, cerca del monte
bajo una higuera como un dosel,               
hubo una choza donde habitaba
una familia que ya no es.
El padre, muerto; la madre, muerta;               
los cuatro niños muertos también:
él, de fatiga; ella de angustia;               
¡ellos de frío, de hambre y de sed!

Ha mucho tiempo que fui al bohío               
y me parece que ha sido ayer.
¡Desventurados! Allí sufrían
ansia sin tregua, tortura cruel.               
Y en vano alzando los turbios ojos,
te preguntaban, Señor, ¿por qué?               
¡Y recurrían a tu alta gracia
dispensadora de todo bien!
              
¡Oh Dios! Las gentes sencillas rinden
culto a tu nombre y a tu poder:               
a ti demandan favores lo pobres,
a ti los tristes piden merced;               
mas como el ruego resulta inútil
pienso que un día, pronto tal vez               
no habrá miserias que se arrodillen,
¡no habrá dolores que tengan fe!               

Rota la brida, tenaz la fusta,
libre el espacio ¿qué hará el corcel?               
La inopia vive sin un halago,
sin un consuelo, sin un placer.               
¡Sobre los fangos y los abrojos
en que revuelca su desnudez,
cría querubes para el presidio               
y serafines para el burdel!

El proletario levanta el muro,               
practica el túnel, mueve el taller;
cultiva el campo, calienta el horno,               
paga el tributo, carga el broquel;
y en la batalla sangrienta y grande,               
blandiendo el hierro por patria o rey,
enseña al prócer con noble orgullo               
¡cómo se cumple con el deber!

Mas, ¡ay! ¿qué logra con su heroísmo?               
¿Cuál es el premio, cuál su laurel?
El desdichado recoge ortigas               
y apura el cáliz hasta la hez.
Leproso, mustio, deforme, airado               
soporta apenas la dura ley,
y cuando pasa sin ver al cielo
¡la tierra tiembla bajo sus pies!
              

                     




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