La plaza



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La plaza

       Era una gran      plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,        
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas        
y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,        
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse        
y puede reconocerse.
Cuando en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,        
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras preguntar algo a tu imagen,        

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.        
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.        
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.