Viii



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Viii

Llamaron al teléfono
en hora intempestiva.
Y como te conozco
y te sé y te adoro
y poseo el dominio
de todos tus registros,
le respondí a esa estúpida
y enclenque vocecilla:
ni esta noche ni nunca.

              

              XVI
De rosas nunca vestiré tu cuerpo
ni el dulce mosto volverá a mis labios.
Si granjearme supe vuestras dádivas,
llorad conmigo, pues Lavinio ha muerto.

              

              XVII
Ligera y más esbelta
que la delgada caña del aliste,
guardé en un relicario
una hebra de tu cuerpo.
Después de muchos años,
al hostigarle un día los rebeldes ingletes,
libre quedó por fin del leve biselillo
que la tuvo cautiva.
Y me reconoció como a su dueño,
corriendo hacia mis labios.

              

              XVIII
La azucenas me recuerdan -¡lástima
que carezcan de aroma!-
lo robusto y oscuro de tus brazos.

              

              XXI
Salve, Regina (escúchame,
necesito de nuevo
abrazarte esta noche),
              Mater misericordiae
(detrás del cobertizo
del campo de deportes),
              vita, dulcedo (cállate,
no te inmutes y canta:
nos está vigilando el Padre Errandonea).

              

              XXIII
Claudiquemos, duquesa.
Nos están engañando,
nos desprestigian soberanamente.
No nos queda otra opción que el adulterio.

              

              XXVI
Huyendo de Sodoma
en un tren detestable,
le susurré a Descartes -que venía conmigo-
que el mejor de los               métodos
era el uso obsesivo de la andrómina.

              

De "Teselas para un      mosaico" 1985