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Mi loba blanca - Poemas de Victoriano Crémer



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Mi loba blanca
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008


     
      (Primer poema de amor)
     
      Ella, tan vaga e indecisa antes,
      tiene escogido cuerpo, sitio y hora
      Me ha dicho: "Voy", Soy ya su predestinada presa.»
            Pedro Salinas
     

      Me seguían sus ojos y yo era menos que un niño;
      bosques y primaveras me arañaban el pecho
      brotándome en los cauces borbotones calientes
      en los que el alma yergue su furia fundadora.
     
      Su gran calma de esposa apretaba los círculos
      y me sentía centro de su raudal sangriento;
      con el galope oscuro de la sangre apremiando
      la altiva meta blanca de su dormida carne.
     
      ¿Fue su voz? De más hondo que el deseo, rompiendo
      su corteza de plomo, me llegó aquel balido
      que estrellaba su espuma, como un ala arrancada,
      en mis rubias arenas palpitantes de soles.
     
      ¡Oh, sequedad del aire, oprimiendo el latido
      con que la luz rehizo su primera llamada!
      ¡Fue su voz! Su inefable mensaje acordonado
      por airados cuchillos de escarcha matutina.
     
      El espanto y la tierra tiraban de mi cuerpo
      y un altivo universo desgarraba mis hombros.
      Sentí que entre los brazos florecían sus pechos
      y que éstos me clavaban contra un aire reciente.
     
      ¡Huir! ¡Huir! Perderme por bruñidos desiertos.
      Borrar de mis pupilas sus ojos insaciables
      y sepultar su voz, su eterna voz marina
      en mi hondón retorcido de caracola humana.
     
      Su garra fue primero. Su garra, no su mano,
      que dos fuentes de sangre llenaron mi costado
      desbordándome en ellas como una madre nueva
      a quien los mares dieran un hijo de su carne.
     
      Y luego, fue su luz. Su inmenso mediodía,
      creciéndose en mis ojos como un bosque incendiado,
      ardiéndose en las llamas mis tigres y mis dudas,
      con sus flancos rotundos y su feroz aullido.
     
      ¡Oh, irremediable abrazo! ¡Oh, desolado beso!
      ¡Oh, arcángeles pastores de mi sangre en derrota!
      ¡Oh, cuerpo fulgurante apretándome el pecho
      como un mármol o un mundo, y en él Dios empinado!
     
      Fui pasto de su furia. Su mirada y sus dientes
      implacables hicieron tajadas de mi alma.
      Mis vestidos rodaron como musgos antiguos
      y sentí deshacerme como un barco de niebla.
     
      Yo veía sus manos sortearme las venas
      y herir con sus cuchillos mi corazón menudo,
      y azuzar mis dormidos afanes como galgos
      llenando de ladridos mi apacible ribera.
     
      Yo sentía -la siento- abrevar en mi sangre.
      Romper mi dura piel. Darme muerte lentísima...
     
      ¡Y no eludo sus saltos de terciopelo y sueño!
      ¡Y no huyo! ¡No huyo!... ¡Mi feroz loba blanca!




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