Muchacha fea ante el espejo



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Muchacha fea ante el espejo

     
      Tímidamente pregunto
      por mi carne de nardo
      a los hondos espejos de la noche,
      en la soledad de las alcobas.
     
      Como ríos inmóviles, naciendo de improviso,
      la imagen desolada me devuelven,
      en un oscuro grito sumergido:
     
      (Mi quebrada cintura, el amplio abrazo,
      que sostienen mis hombros;
      mis duros besos, la mirada
      de doliente tigresa
      y este mi vientre estéril
      que soporta su brío de mar encadenado.)
     
      Los encajes marchitan sus frescas azucenas
      entre olor de manzanas;
      y los oscuros cuencos que contendrán mis senos
      se esparcen como rosas quemadas en la espera.
     
      ¿Qué tonos violentos, qué descrinados potros
      romperán con sus cascos mis helados cristales,
      mi azorado silencio,
      mi soledad, poblada de nieblas y rubores?
     
      Me siento desvelada por manos de ceniza,
      recorrida por tristes miradas compasivas,
      evitada por sauces y ríos vigorosos
      a quienes doy mi blanco desnudo palpitante.
     
      Lejanas voces claman.
      Cuerpos, como montañas, se golpean, se funden,
      y su lava se vierte
      sobre la vida ávida, fecundando sus brotes...
     
      Rompen ríos de sangre sus oscuras cortezas,
      y entre bosques, se buscan
      y mezclan sus furiosos caudales enemigos
      elevando a los cielos sus sangrientos despojos.
     
      Y yo, sola, me busco
      entre espejos siniestros;
      sin encajes ni lágrimas, con mi triste desnudo
      -¡Oh fealdad doliente!-,
      saltándome a los labios
      como un perro, en la triste soledad de mi alcoba...