Alegato inÚtil



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Alegato inÚtil
Cada día tenemos más salobre la saliva.        
La migaja se crispa
ante la entornada puerta del perdón.
Cada día se saltan a las uñas        
los dos niños morenos de los ojos
que fueron ángeles despiertos
a celestes honduras.        

¿Con qué habrá de rematar el alegato
que está y en el tope del sollozo?        
Cada hora se ha hecho voraz
como engranaje de colmillos;
los pasos se han desacostumbrado        
a la caricia de la grama húmeda;
el aire avanza granizado de saetas.        

Conduélete, Señor, a ti clamamos.
¡Así tu mundo tambalea!
No somos Job, oh Padre; ¡no te tornes padrastro!        

¿Acaso estás enfermo, o te pudres
con este vaho que te sube desde nos?        
No te tornes padrastro, buen Dios.

Sonríe una vez sobre tu Hechura.        
Regresa a tu niñez de Primer Día
cuando soplabas burbujas de color        
y te brotaba de las sienes
boscaje y pleamar.
Eras entonces sin arrugas,        
y era tu barba de cristal
lira entre los dedos de la luz.

Sonríe, Padre, sobre el Libro mancillado,        
y todos en Tu nombre
escribiremos PAZ.

La simple trinidad de una palabra:        
bandera universal para soñar;
hostia de comunión para construir;
extramaunción para vivir.        

Perdona, Dios, esta mi turbia arena...