Mujeres
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Han existido mujeres serenas de ojos claros,
infinitas y silenciosas como esa llanura
que atraviesa un rÃo de agua pura.
Han existido mujeres con visos de oro,
rivales del estÃo y del fuego, semejantes a
trigales lascivos que no hieren la hoz
con sus dientes pero arden por dentro
con fuego sideral ante el cielo despojado.
Han existido mujeres tan leves
que una sola palabra, una sola,
las convirtió en esclavas. Y existieron otras,
de manos rojizas, que al tocar una frente
suavemente disiparon ideas terribles.
Y otras cuyas manos exangües y elásticas,
con giros lentos aparentaban insinuarse
creando una urdimbre rara y fina
en que las venas simulaban
hilos de vibración ultramarina.
Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,
ardidas en el fuego amoroso
hasta lo más profundo de sà mismas,
consumido el rostro ardiente,
con la nariz agitada por el impulso
de inquietas aletas, con los labios abiertos
como yendo hacia las palabras pronunciadas,
con los párpados lÃvidos
como las corolas de las violetas.
Y todavÃa han existido otras y,
maravillosamente, yo las he conocido.
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Han existido mujeres serenas de ojos claros,
infinitas y silenciosas como esa llanura
que atraviesa un rÃo de agua pura.
Han existido mujeres con visos de oro,
rivales del estÃo y del fuego, semejantes a
trigales lascivos que no hieren la hoz
con sus dientes pero arden por dentro
con fuego sideral ante el cielo despojado.
Han existido mujeres tan leves
que una sola palabra, una sola,
las convirtió en esclavas. Y existieron otras,
de manos rojizas, que al tocar una frente
suavemente disiparon ideas terribles.
Y otras cuyas manos exangües y elásticas,
con giros lentos aparentaban insinuarse
creando una urdimbre rara y fina
en que las venas simulaban
hilos de vibración ultramarina.
Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,
ardidas en el fuego amoroso
hasta lo más profundo de sà mismas,
consumido el rostro ardiente,
con la nariz agitada por el impulso
de inquietas aletas, con los labios abiertos
como yendo hacia las palabras pronunciadas,
con los párpados lÃvidos
como las corolas de las violetas.
Y todavÃa han existido otras y,
maravillosamente, yo las he conocido.
Versión de Luis A. Cano
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