Riberas del Órbigo
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
No pasará otra onda rumorosa del rÃo,
no quedará este chopo envuelto en fuego verde,
no cantará otra vez el pájaro en su rama,
sin que deje en el aire todo el amor que siento.
AquÃ, en estas riberas que llevan hasta el llano
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos.
Aquà también las piedras relucen: piedras mÃnimas,
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo.
Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol,
crisol del soto oscuro cuando amanece lento.
Qué fresca placidez, que lenta luz suave
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta
el oro de la tarde en el cuerpo cansado.
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa,
diminuto carmÃn, flor roja por el césped.
Y, entre tanta hermosura, rebosa el rÃo, corre,
relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol,
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras.
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, miro arder todas las tardes
las copas de los álamos, el perfil de los montes,
cada piedra minúscula, enjoyada del rÃo,
del dios rÃo que llena de frutos nuestros pechos.
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
No pasará otra onda rumorosa del rÃo,
no quedará este chopo envuelto en fuego verde,
no cantará otra vez el pájaro en su rama,
sin que deje en el aire todo el amor que siento.
AquÃ, en estas riberas que llevan hasta el llano
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos.
Aquà también las piedras relucen: piedras mÃnimas,
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo.
Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol,
crisol del soto oscuro cuando amanece lento.
Qué fresca placidez, que lenta luz suave
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta
el oro de la tarde en el cuerpo cansado.
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa,
diminuto carmÃn, flor roja por el césped.
Y, entre tanta hermosura, rebosa el rÃo, corre,
relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol,
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras.
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, miro arder todas las tardes
las copas de los álamos, el perfil de los montes,
cada piedra minúscula, enjoyada del rÃo,
del dios rÃo que llena de frutos nuestros pechos.
AquÃ, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
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