Reconocimiento del amor
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Amiga, cómo carecen de norte
los caminos de la amistad.
Apareciste para ser el hombro suave
donde se reclina la inquietud del fuerte
(o que ingenuamente se pensaba fuerte).
TraÃas en los ojos pensativos
la bruma de la renuncia:
no querÃas la vida plena,
tenÃas el previo desencanto de las uniones para toda la vida,
no pedÃas nada,
no reclamabas tu cota de luz.
Y te deslizabas en ritmo gratuito de ronda.
Descansé en ti mi fajo de desencuentros
y de encuentros funestos.
QuerÃa tal vez -sin percibirlo, lo juro-
sádicamente masacrarte
bajo el hierro de culpas y vacilaciones y angustias que dolÃan
desde la hora del nacimiento,
estigma desde el momento de la concepción
en cierto mes perdido en la Historia,
o más lejos, desde aquel momento intemporal
en que los seres son apenas hipótesis no formuladas
en el caos universal.
¡Cómo nos engañamos huyéndole al amor!
Cómo lo desconocimos, tal vez con recelo de enfrentar
su espada reluciente, su formidable
poder de penetrar la sangre y en ella
imprimir una orquÃdea de fuego y lágrimas.
Pero, él llegó mansamente y me envolvió
en dulzura y celestes hechizos.
No quemaba, no brillaba, sonreÃa.
No entendÃ, tonto que fui, esa sonrisa.
Me herà con mis propias manos, no por el amor
que traÃas para mà y que tus dedos confirmaban
al juntarse a los mÃos, en la infantil búsqueda del Otro,
el Otro que yo me suponÃa, el Otro que te imaginaba,
cuando -por agudeza del amor- sentà que éramos uno sólo.
Amiga, amada, amada amiga, asà el amor
disuelve el mezquino deseo de existir de cara al mundo
con la mirada perdida y la ancha ciencia de las cosas.
Ya no enfrentamos al mundo: en él nos diluimos,
y la pura esencia en que nos transmutamos perdona
alegorÃas, circunstancias, referencias temporales,
imaginaciones onÃricas,
el vuelo del Pájaro Azul, la aurora boreal,
las llaves de oro de los sonetos y de los castillos medievales,
todos los engaños de la razón y de la experiencia,
para existir en sà y para sÃ,
con la rebeldÃa de cuerpos amantes,
pues ya ni somos nosotros,
somos el número perfecto: Uno.
Tomó su tiempo, yo se, para que el «Yo» renunciase
a la vacuidad de persistir, fijo y solar,
y se confesara jubilosamente vencido,
hasta respirar el más grande júbilo de la integración.
Ahora, amada mÃa para siempre,
ni mirada tenemos para ver, ni oÃdos para captar la melodÃa,
el paisaje, la transparencia de la vida,
perdidos como estamos en la concha ultramarina de mar.
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Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Amiga, cómo carecen de norte
los caminos de la amistad.
Apareciste para ser el hombro suave
donde se reclina la inquietud del fuerte
(o que ingenuamente se pensaba fuerte).
TraÃas en los ojos pensativos
la bruma de la renuncia:
no querÃas la vida plena,
tenÃas el previo desencanto de las uniones para toda la vida,
no pedÃas nada,
no reclamabas tu cota de luz.
Y te deslizabas en ritmo gratuito de ronda.
Descansé en ti mi fajo de desencuentros
y de encuentros funestos.
QuerÃa tal vez -sin percibirlo, lo juro-
sádicamente masacrarte
bajo el hierro de culpas y vacilaciones y angustias que dolÃan
desde la hora del nacimiento,
estigma desde el momento de la concepción
en cierto mes perdido en la Historia,
o más lejos, desde aquel momento intemporal
en que los seres son apenas hipótesis no formuladas
en el caos universal.
¡Cómo nos engañamos huyéndole al amor!
Cómo lo desconocimos, tal vez con recelo de enfrentar
su espada reluciente, su formidable
poder de penetrar la sangre y en ella
imprimir una orquÃdea de fuego y lágrimas.
Pero, él llegó mansamente y me envolvió
en dulzura y celestes hechizos.
No quemaba, no brillaba, sonreÃa.
No entendÃ, tonto que fui, esa sonrisa.
Me herà con mis propias manos, no por el amor
que traÃas para mà y que tus dedos confirmaban
al juntarse a los mÃos, en la infantil búsqueda del Otro,
el Otro que yo me suponÃa, el Otro que te imaginaba,
cuando -por agudeza del amor- sentà que éramos uno sólo.
Amiga, amada, amada amiga, asà el amor
disuelve el mezquino deseo de existir de cara al mundo
con la mirada perdida y la ancha ciencia de las cosas.
Ya no enfrentamos al mundo: en él nos diluimos,
y la pura esencia en que nos transmutamos perdona
alegorÃas, circunstancias, referencias temporales,
imaginaciones onÃricas,
el vuelo del Pájaro Azul, la aurora boreal,
las llaves de oro de los sonetos y de los castillos medievales,
todos los engaños de la razón y de la experiencia,
para existir en sà y para sÃ,
con la rebeldÃa de cuerpos amantes,
pues ya ni somos nosotros,
somos el número perfecto: Uno.
Tomó su tiempo, yo se, para que el «Yo» renunciase
a la vacuidad de persistir, fijo y solar,
y se confesara jubilosamente vencido,
hasta respirar el más grande júbilo de la integración.
Ahora, amada mÃa para siempre,
ni mirada tenemos para ver, ni oÃdos para captar la melodÃa,
el paisaje, la transparencia de la vida,
perdidos como estamos en la concha ultramarina de mar.
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