Antes de la ocultaciÓn
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no habÃa hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavÃa no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentà acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mÃ, porque nunca nada era mÃo del todo. ¿No tendrÃa yo dueño tampoco?
La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseÃdos, después iniciados. Yo no sabÃa que una persona pudiera ser asÃ, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecÃa cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me habÃa enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008
Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no habÃa hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavÃa no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentà acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mÃ, porque nunca nada era mÃo del todo. ¿No tendrÃa yo dueño tampoco?
La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseÃdos, después iniciados. Yo no sabÃa que una persona pudiera ser asÃ, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecÃa cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me habÃa enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.
Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 196
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