La desesperaciÓn de la anciana



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La desesperaciÓn de la anciana
La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada      por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella,      viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos.
Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables.
Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la      casa con sus aullidos.
Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo:      «¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a      los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles      cariño!»