Se oye levÍsima la voz



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Se oye levÍsima la voz
       

Se oye levísima la voz
del viento. Suena entre los árboles               
quizá como nunca sonó.
La noche nace como un río
de las manos mismas de Dios.               

Yo miro desde mi ventana.
Yo no rezo ni lloro. Yo
no pregunto ni espero. Miro.               
Te sé mirándome, Señor.
Desorbitadamente quieta
está la noche entre los dos.               

¿Qué mandato el de tu palabra?
qué música la de tu voz?
No hay nadie. No, Señor; no hay nadie.               
Solo con mi silencio estoy.
Solo contigo. Me das miedo.
¿Y a Ti no te doy miedo yo?               

La noche es una espada fría
que amenaza con su fulgor.
Luchamos denodadamente               
para ganarnos. ¡Cuánto amor
nos dejamos en la batalla!
Los caballos de mi pasión               
piafan inquietos en la sangre,
pero tu ejército es peor.