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Oda vii - Poemas de Juan Meléndez Valdés



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Oda vii
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

       

¡Qué ardor hierve en mis venas!             
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!               
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo               
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas               
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro               
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,               
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos               
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta               
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos               
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.               
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno               
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida               
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!              
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.               
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras               
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina               
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga               
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.               
Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,               
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida              
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;               
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.               
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos               
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira               
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sosténme, ¡oh Venus!               
sosténme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.

                                                        




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