A edith piaf



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A edith piaf
Te han condenado.        
Una oración,
como limosna insuficiente,
ha caído
sobre la tapa de tu féretro.        
Te han condenado, Edith,
por no querer ser
la excepción que confirma        
la regla. Porque
querías,
tú, gorrión
de la calle, ser
la regla. Porque        
intentabas salirte de la calle.
Te han condenado como
si Dios no fuese amor. El dedo        
ejemplar
-una uña sucia, como
si lo viera- se alzó
sobre tu frente        
y mostró al mundo
que sólo esa limosna- por sí acaso...-
merecías.        

De nuevo a la intemperie.
Esta vez " a la calle"
te han dicho.        
A la calle amarilla
de los muertos, sin Senas,
sin flores, sin guitarras.        

Pero tú, Edith, sonreirás.
Tuviste ya tu infierno
al borde de la cuna: sabes        
lo que un niño criado con alcohol.
Edith, mystère Piaf, rezabas
no al morir, al cantar;        
y sin saber por qué,
por quién acaso. Ahora
es cuando cantas en la inmensa calle        
de Dios, alegremente,
Edith, mystére Piaf.