Claros del bosque



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Claros del bosque
No me respondes, hermana. He venido ahora a buscarte. Ahora, no    tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no puedes quedarte. Esto no es tu casa,    es sólo la tumba donde te han arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya    libre, mírame, mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca    vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, donde no habrá ni    hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con nosotros. Nos olvidaremos allí de    esta tierra donde siempre hay alguien que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos    de nacer, nos dejarán nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve    en ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba pensando.
En ella no hay sacrificio, y el amor, hermano, no está cercado    por la muerte.
Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él. No hay    más que amor.
Nadie nace allí, es verdad, como aquí de este modo. Allí van    los ya nacidos, los salvados del nacimiento y de la muerte. Y ni siquiera hay un Sol; la    claridad es perenne. Y las plantas están despiertas, no en su sueño como están aquí;    se siente lo que sienten. Y uno piensa, sin darse cuenta, sin ir de una cosa a otra, de un    pensamiento a otro. Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas. Hay claridad porque    ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como ahí fuera.

       

Zambrano, M.: "Los hermanos" en    La tumba de Antígona, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp 79-80