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Lise - Poemas de Victor Hugo



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Lise
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

Yo tenía doce años; dieciséis ella al      menos.
Alguien que era mayor cuando yo era pequeño.
Al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas,               
esperaba el momento en que se iba su madre;
luego con una silla me acercaba a su silla,               
al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas.

              

¡Cuánta flor la de aquellas primaveras      marchitas,
cuánta hoguera sin fuego, cuánta tumba cerrada!
¿Quién se acuerda de aquellos corazones de antaño?               
¿Quién se acuerda de rosas florecidas ayer?
Yo sé que ella me amaba. Yo la amaba también.               
Fuimos dos niños puros, dos perfumes, dos luces.

              

Ángel, hada y princesa la hizo Dios.      Dado que era
ya persona mayor, yo le hacía preguntas
de manera incesante por el solo placer               
de decirle: ¿Por qué? Y recuerdo que a veces,
temerosa, evitaba mi mirada pletórica               
de mis sueños, y entonces se quedaba abstraída.

              

Yo quería lucir mi saber infantil,               
la pelota, mis juegos y mis ágiles trompos;
me sentía orgulloso de aprender mi latín;               
le enseñaba mi Fedro, mi Virgilio, la vida
era un reto, imposible que algo me hiciera daño.               
Puesto que era mi padre general, presumía.

              

Las mujeres también necesitan leer               
en la iglesia en latín, deletreando y soñando;
y yo le traducía algún que otro versículo,               
inclinándome así sobre su libro abierto.
El domingo, en las vísperas, desplegar su ala blanca               
sobre nuestras cabezas yo veía a los ángeles.

              

De mí siempre decía: ¡Todavía es un      niño!
Yo solía llamarla mademoiselle Lise.
Y a menudo en la iglesia, ante un salmo difícil,               
me inclinaba feliz sobre su libro abierto.
Y hasta un día, ¡Dios mío, Tú lo viste!, mis labios               
hechos fuego rozaron sus mejillas en flor.

              

Juveniles amores, que duraron tan poco,               
sois el alba de nuestro corazón, hechizad
a aquel niño que fuimos con un éxtasis único.               
Y al caer de la tarde, cuando llega el dolor,
consolad nuestras almas, deslumbradas aún,               
juveniles amores, que duraron tan poco.

              

Versión de Enrique Uribe White




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