Descubrimiento de la rosa



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Descubrimiento de la rosa

     
      ¿Cómo no amar la rosa? Pero falta
      descubrirla entre tanta incertidumbre,
      entre tanta apariencia. ¿Quién no ama
      la música si acierta a despojarse
      del grito, rebotado por la sangre...?

     

Conozco su existencia, la sostengo
      inevitablemente, como el peso
      tranquilo de la luz, belleza ausente
      pero cierta, que al hombre corresponde
      si busca su caricia en la esperanza.
     
      Esperamos, con hierros, más feroces
      que los hambrientos tigres, y tan densos
      como dormidas aguas de pantano.
      Esperamos: vivimos esperando
      el reino de la tierra libertada.
     
      De la tierra evidente, sudorosa
      en su preñez de muertos y metales;
      fecunda y triste tierra inacabable,
      que el hombre enreja, hasta cavar en ella
      una profunda cárcel sin estrellas.
     
      Encerrados vivimos. La costumbre
      levanta muros, aprisiona cielos,
      esparce sones, crucifica rosas,
      limita los caminos y reduce
      el verbo a pensamiento atormentado.
     
      ¡Pensar! ¡Oh triste sino de lo humano!
      La altiva fuente de energía se hace
      pozo seco de horror, sima del odio;
      Porque sin viento, la agresiva nave
      se pudre, quieta, sobre el mar inmenso.
     
      Mar de sargazo, omnipotente calma
      que en prisiones azules nos retiene,
      en tanto el alto cielo transparece
      y una paloma bíblica, en el pico
      transporta del olivo su mensaje.
      ¿Cómo no amar la rosa...? Pero falta
      descubrirla entre tanta incertidumbre.