2 votos
1 visitas/día
5609 dias online

Canto de partida - Poemas de Miguel Arteche



Poemas » miguel arteche » canto de partida




Canto de partida
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

¡Recíbeme, recíbeme en la noche, oh viejo viento de junio,               
mientras regreso bajo las suaves estrellas silenciosas;
viento amado del invierno, viento de lluvia y eco,               
recíbeme hasta el último suspiro de tu pecho,
y, ahora que regreso, oh noche, espérame en tu puerta!
              
Y de improviso todo el viento se ha soltado,
todo el viento se ha puesto a gemir por la tierra,               
pero a mi lado, mientras regreso,
alguien resguarda mis pasos,               
y siento una suave sombra
venir hasta mi encuentro.

¿Eres tú, fuiste tú, eres tú en esa noche,               
eras tú en esa triste, delgada espera sombría,
eras aquel fantasma que surgía en mi cama               
a medianoche? ¿O eras una mañana
llena de fugitivos pájaros
que pasaban amándose sobre el asfalto fresco?               
¿Eras tú, fuiste tú esa pequeña
llama que por mi espalda sentía silenciosa?               
¿Eras tú, amor final, amor que nunca
resbaló por tus ojos -¡oh luz ausente y querida!-,
eras como ese encuentro que el amor abre a tajos               
para dejar ternura con soledad y frío?

No, no eras eso. Pero tal vez fuiste eso.
Tal vez abres los ojos para mirar la suave               
luz de otra primavera pasada por tus ojos;
tal vez sientes de nuevo que el tiempo no ha pasado               
por tu cuerpo delgado (o que tal vez ha pasado),
tal vez preguntas algo, y en tu boca se duerme
como otras veces la trágica y oscura luz de la ausencia.
              
Amor olvido, amor lluvia, amor deseo, amor distancia:
he regresado a mi casa, atravesando               
el parque silencioso, bajo las sombras
de junio -cansado y solitario-,              
mientras giraba todo en mi cabeza
como las hojas que escapaban: cantando               
por adentro, pensando qué es lo que fluye,
qué es lo que parte, qué es lo que vuelve;               
y aunque me he perdido sin nada, con algunos
nobles amigos, sin poder retener               
lo que vivieron y amaron y compartieron conmigo,
pido sólo el temblor del viento entre la tierra               
húmeda de este parque bañado por los pasos
fugitivos: amor viento, amor agua, amor distancia.
              
Temblando fue la estrella recorrida, temblando.
Temblaba el cuerpo estrella ceñido entre mi labio.
Temblando mi distancia se acercó a tu distancia.
Temblando entró el recuerdo desde que nos encontramos.
              
No quiero volver, no quiero
regresar a tu vida, pero tal vez quiero               
volver a tu distancia. ¿Recuerdas que me hablabas
desde un lugar lejano, aunque estuvieras cerca?               
¿Recuerdas que estudiabas con tormento
cuando en el patio la lluvia               
empezaba a caer, menudamente, y los viejos compañeros
corrían a refugiarse al corredor marmóreo               
y espectral, en la luz del invierno?
No, no recuerdas, pero yo recuerdo               
el vidrio frío donde apoyaste tu mano
para dejar apenas una ráfaga triste               
y encendida y lejana.

Y ahora ha llegado junio y en la noche callada               
miles de corazones duermen en la penumbra,
y recuerdo la dorada leyenda de los años               
de juventud furiosa en la ciudad, las tardes
de verano ardoroso, los pies sobre escaleras               
de metal, los avisos eléctricos cansados
con pupilas de rojos párpados, los libros               
de poesía mordidos en la noche. ¡Y ahora, adiós,
adiós calles, adiós conversaciones               
sobre el destino del hombre, adiós señuelo amargo
que encandiló los ojos de nuestra adolescencia,               
adiós suave medusa, adiós puerta cerrada!

Es la hora, es la hora en que debemos morir;               
es la hora para rodar en la noche
abrazados, besando de estrella a estrella,               
de furia a furia, de hueso a hueso;
es la hora para apretar la angustia               
de pecho a pecho, para dejar la muerte
derrotada, perdida, moribunda en el suelo;               
es la hora para morir cantando
de nuestras muertes; es la hora para que tú dejes               
tu muerte entre mi muerte, amor, amor mío.
Quiero el amor dejar escrito entre tu pelo,               
quiero dejar ardiendo tus ojos silenciosos,
para que no haya olvido, porque es la hora               
en que debemos morir, es la hora
de la partida, sí. ¡La hora, la hora, por favor!               
¡La hora, por favor, dígame, dígame el tiempo
para rodar cantando, apretados, mordiendo,               
para rodar los dos en una sola muerte!




¿Pudiera decirnos en que categoría ubicaría este poema?

Amor
Amistad
Familia
Poemas de Cumpleaños
Poemas de San Valentín o
      Día de los Enamorados
Poemas del Día de la Mujer
Poemas del Día de las Madres
Poemas del Día de los Padres
Poemas de Navidad
Poemas de Halloween
Infantiles
Perdón
Religiosos
Tristeza y Dolor
Desamor
Otra Categoría
¿ Te gustó este poema? Compártelo:
Compartiendo el poema con tus amigos en facebook ayudas a la difusión de estas bellas creaciones poéticas y ayudas a dar a conocer a los poetas.




 Compartir
Redes sociales
Facebook Twitter Google Bookmark MySpace Fresqui Meneame