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Los dos reinos - Poemas de Claudia Lars



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Categoría: Poemas de Amor
Los dos reinos
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

A Eunice Odio

       
Quien así encadenare una alegría
malogrará su vida alada;
pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.
      William Blake



       I
Tengo que decir de dónde vine,
porque todos los que conmigo llegaron
han olvidado aquel país sin cuerpos.
       
Aquí desde el fondo de mi sangre,
avanzo por este impulso hambriento
como una dolida bestia inconclusa:
¿No cantaré mi orilla de paraíso
y el áureo corazón de esbelta luz?
       
La tierra de ahora pertenece a mis manos,
pero hay detrás una fronda de recuerdos.
Alguien evoca las rutas del éxtasis,
el puro dominio del amor sin quebranto ,
y las formas que parecen bellas durmientes
en una profunda y quieta revelación.
       
Ahí comienza la idea del nardo
abriendo su aromado triunfo
sobre la suave amistad de la colina;
también el contorno del pájaro más leve
y la alegría del niño que pasa
con su dulcísima boca de flor.
       
De arriba, de tan alto
que nadie podría alcanzar su poder primero,
bajan en blancos torbellinos los fuegos esenciales
-los que no queman todavía ni tienen órbita-
y la fina semilla del alma
ya señalando su pesada vivienda.
       
Entonces inventa el silencio sus cítaras de musgo
y el sonido sus palabras creadoras;
penetra el dolor al sueño de estos caminos,
al brote más intacto de los deseos
y al corazón que no conoce su dibujo.
       
Es la trémula escala,
es el descenso joven
y el lento retorno por hostiles peldaños.
Midiendo nuestro arrastre nos alienta El Que Sabe:
el huésped de los labios que alumbran.
       
Exilada estoy, exilada,
y a la vera de lo eterno quiero aprisionar un esparcido semblante
¿No veis que ando llorando por la casa de los mortales
y que de nombres inestables he recogido mis coronas?
       
Sí,
yo advierto lo incorpóreo
y los pálidos viajes que salen de las tumbas.
Anoche me aleccionaba un lucero,
y en el otoño que entrega el árbol amarillo
me duele la edad de la memoria
y esta carne sorda o anhelante
que es el terrible amarre de mi otro ser.
       
A decirlo me obligan,
a revivir lo que se niega o se borra.
En trance de cante debo explicarlo,
para que las cosas no renazcan tan ciegas
y una paloma vuele de aquella piedra de odio.
       
Le llamo mi paraje,
mi espacio de unidad y de absoluto deslumbramiento.
Está adentro y afuera, en las zonas inefables,
aun reciben y empujan los ríos del tiempo .
       
Pienso que el tiempo se ha resuelto en mis ojos
y es algo así como un engaño de colores.
Del latido de una lágrima brotó su siempre fugarse
y trenzando con la distancia
burla o desgarra nuestra pobre pequeñez.
       
Contra los ayes de soledad y el que va por mi deleite,
contra el deleite y el temor que están siempre esperándome,
contra todo batallo para salvar mi otra estatura
y en medio de los contactos soy la despierta de medianoche.
       
¡Oh fuerza de aprenderme en estos nudos de pena,
cambiando lámparas y repitiendo pecados!
La verdad me ha encendido un jardín dentro de un libro
y anuncio a los pocos que me entienden
las luces más sencillas y próximas.
       

II
Una vez canté con las voces secretas
y por eso conozco el vuelo de mi garganta.
Fue en el descanso de un recuerdo, de un presagio,
entre la gloria de ordenadas florescencias
y encima de mi propio corazón.
       
Cuando yo digo yo, quiero decir todos conmigo
-pluralizando mi frente y mis entrañas-
ya que un olor de angustia me anda debajo de las palabras
y ese apagado faro es el mismo que yo perdí.
       
Dirán que no me conocen y que divago en medio de los caminos
como la loca que juntaba querubines párvulos.
Gritarán que no han visto el bosque de las preguntas
ni oído el habla severa de la eternidad.
       
Pero yo soy lo humano -con esta boca y estos pasos-
y cada piel abatida envuelve mi propia substancia.
Lo que hay en mi crecer siempre crece en otras marchas
y juntos vamos al mismo aliento paternal.
       
Cambian los dioses sobre la fiebre de las plegarias
y los hijos del miedo tienen muros tan simples.
Es necesario que nuestros brazos se conozcan
y que alumbremos al dormido con este débil candil.
       
Dentro de mis pupilas hay un pórtico suave
y una frontera donde los verdes se recogen.
Aquí miro la yerba, la pared, el amante;
allá encuentro una clara vigilia
y las íntimas inquietudes que me dolieron,
seguras y pacientes, como el que sabe sonreír.
       
Creo que somos débiles reflejos;
tal vez la sombra de invisibles criaturas.
Conozco el espacio de mi tacto
y los sueños florecidos como el cerezo;
también las prisiones del abismo más hondo
y la fuga en alas de los pájaros.
¿No comprendéis que llegamos del olvido,
con ceniza de funerales y tallos de madres?
Me rodean las gentes para hablar de su heredad y de sus guerras,
pero nadie recuerda aquella patria feliz.
       
Donde vive el deseo se afirma la existencia
y quien ama esta avarienta morada
no debe llorar por las praderas que yo escojo.
Libres están mis dedos de sortijas
y no escondo los frutos, los objetos ni la piedad.
       
De paso estoy -lo señalo-
y no puedo encadenarme a una máscara.
Del otro lado de mi rostro me espera la antigüedad del espíritu
y una ciudad purificada a la que debo al fin subir.
       

III
Mi cuerpo, que es humano,
vive bajo los vientos atado a una sonrisa.
Así, con pequeños deleites,
tan frágiles que se rompen al entregarse,
pero que dejan en mi llanto una ventana de palomas.
       
A ratos casi olvido
que ando buscando la pradera, la isla...
Tal vez la antigua manzana de la serpiente
para que muestre el secreto que no reveló.
       
Soy mayor que la rosa,
pues si mi edad no pasara de su belleza
clavada estaría en un sitio del suelo
y detenida en el vientre de la primavera o del invierno.
       
Se me han dado las cuatro estaciones,
los violentos empujes y las colmenas tiernas.
Agrupo los deseos encima de una estrella del agua
y entrego mi canción como el grillo quemante,
doliéndome en el eco, en las alas y en la humildad.
       
Hay un rostro inefable
cubierto por los rostros que se me acercan.
A veces le llamo mi bienamado compañero
y siento que en la mirada que me otorga
está el rescate de mi oculta viudez.
       
Ahora estoy tendida en su descanso,
palpando esta bondad de masculino vello.
Suavemente me recoge en su fuerza
y pronuncia las sílabas, las palabras,
que caen sobre mi asombro agradecido
como deseosos pájaros.
       
Por eso dicen que he regresado a los jardines
y que en mi voz tiembla un subir de esbeltas palmas.
Lloran mientras tanto los que se hieren o se buscan
y sólo el más humilde, por humilde,
halla el amor con su familia de ángeles.
       
Puede volver el enemigo de mi arpa
y rodear esta casa para que yo muera de frío.
Es fácil perder al que me libra de las nieves
y repetir, por consolarme, que siempre estuve en soledad.
       
Caminamos despacio y su mano me lleva a la estrella,
enseñándome la dicha a través de su contacto,
Me entrega suavemente los altares del otoño
y un ramo de lilas en medio de los peligros.
       
Que juegue el aire con las alas del bosque
y que la luna de la yerba
marque el país de las violetas húmedas.
Por un instante he de olvidar lo que angustia mi palabra
y he de encerrarme, en este amparo, con mi linterna de la noche.
       

IV
Dormiré entre los gusanos para volverme amapola
y una suave cortina de polvo
ha de caer sobre mi voz.
       
No, no tengo miedo.
Los relucientes días me van alimentando
y en las noches de esta vida de bultos
me guía, solo y grave,
el alto guardián de mi nombre.
       
Voy sobre mis piernas sin despreciar el goce
y abrazo los veranos con pasiones completas.
Nunca me he separado del triste
y en las lunas que sirven a la infancia
he cumplido los pactos sangrientos.
       
Sé que detrás de las puertas las muchachas se acuestan
y que hay moradas terribles y jaulas que seducen.
Las innúmeras yerbas extienden ante mí su finura
y en las pupilas de las bestias mansas
navegan los paisajes y la resignación.
       
Cuando sube la chimenea por ramazón de humo
ya la fiesta de los manjares está en mi lengua;
pero los huérfanos piden misericordia atados a su vientre
y duelen los descansos, las harinas y el amanecer.
       
Mil ruidos llenan el aire y se deslizan sobre el espejo
que entrega mi frente con sus mudas compañías.
¿A dónde acaba el tacto, la dulce fiebre de mis manos?
¿No quiebro las mazorcas y muerdo el corpiño del clavel?
       
De la quietud del limo va saliendo una granja
y extiende el mar sus peces y sus crepúsculos.
Los nombres... ¿qué son los nombres en esta abundancia,
si se hacen y se deshacen los colores y los gestos?
       
Mi cuerpo me enseña el camino,
además del adiós, que cae en cada vuelta.
Un hijo de piel blanca me señala el horizonte
y en su pecho descubro mi nueva edad de sentir.
       
Desde una hoja marchita la eternidad me está mirando
y se hunde en la fatiga de mi octubre.
Este cielo secreto recibe pájaros y nostalgias
y un abril en raíces espera su campana melódica.
       
Lentamente me iré durmiendo, pegada al corazón y a los verdes,
y bajaré a la tierra con substancias que se palpan.
Nadie dirá que no conozco esta caricia, estas semillas,
¿acaso no endurecí mis huesos y no sufrí el placer?
       
Hay algo en toda muerte que abre un dócil retorno
y que ilumina mi quietud, como las horas de la tarde.
Guarda el recuerdo extraños ecos, suave gramilla que me acoge,
y el breve instante de abandono elige su manera de volver.
       
He aquí mi retiro... mi fuga con su pequeña lámpara,
tan lejos de mis labios y tan cerca de mi conciencia.
Doncellas nupciales ya se levantan de mi agobio
y sus finas gargantas han de cantar lo que olvidé.

       



              V     
Tal vez nadie me crea, porque es difícil hablar de lo que no tiene medida, ni hora, ni      siquiera una orilla de peso. De lo que está perpetuamente brillando y apenas debe      llamarse una encendida plenitud.

Un día desperté bajo el engaño de mis pupilas, y fui llegando sin saberlo hasta el leve      comienzo de la memoria. Desde ahí pude ver las dos caras de la vida, los números que      sostienen estas columnas, el deseo y los seis días constructores, y el buscado reposo con      su diadema de frutos.

Todo estaba completo, entregándose en esencia y envoltura: todo ahí, desde siempre... o      tal vez definiéndose en la yema, en la ola, en las briznas de flauta que el jilguero      devuelve y en el suave servicio del primer ángel.

Y yo también estaba... Más leve que las criaturas de la esperanza, íntima como el      teclado de mi pulso y alzándome del inmediato contorno.

¡Ah, cuerpo!...¡Ah, mi pequeño cuerpo miedoso! Lamentos se amontonan contra los muros      que dividen, pero la madre que mece a su niño desafía el mandato de la separación.
       
Diré que yo vibraba como una libélula; que todo vibraba en escalas flotantes: en escalas      que buscaban un trono. Y sin embargo, era el silencio sin orillas, el redondo silencio que      engendra los sonidos, el que puede más que el grito más alto, el oculto destilador de      cualquier voz.

Mudo era aquello, aunque melódico y en vigilia. Mudo... mas con orquestas en proyecto.      Desplegaban los matices su iluminado juego, su exaltación rojiza, azul y amarilla; sus      señales de tibiezas o de incendios.

Pesa el metal, porque es frío, y vuela el pájaro que arde, la primavera de llamas      vegetales y el goce sin edad del amor. Hasta la piedra guarda una profunda brasa, una      encendida semilla de cambios. Volará cualquier día sobre su entierro tenebroso,      llevándose los árboles que ahora la humillan, los altos miradores que levantó.
       
Supe que la palabra es el Hijo, que brota siempre de un Padre sin noches: de Uno que es el      fondo de la palabra, la cual se manifiesta sin cesar en la creación.
       
Segundo Él, pero igual al Primero, y los dos iguales al soplo que nos mueve; al que hace      girar alientos y masas y es la activa presencia del Tercer Poder.

Aprendí lo que digo escuchando a la manzana y al esqueleto, en soledad que era más bien      fecunda compañía y con la marcha de los hombres en mi suerte.

Organizados caminos me llevaron al atisbo, a la humilde pregunta de mi boca. Una blanca      delicia me confió de repente, y por los arcos vívidos del aire al fin de falsos rostros      me libré.

Miro la cáscara de mi nombre y sonrío ante la mínima basura. Con lentitud voy llegando      al guardián de la gracia: al que me guía por oscuros laberintos.

¡Ah, cuerpo!... ¡Ah, hermano que te arrastras y te acongojas! Oye al cantor que sale de      tu angustia: al que labora debajo de tu olvido y está cuidando la luz de tus ojos.




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