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Las manos - Poemas de Gabriel D'Annunzio



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Las manos
Poema publicado el 10 de Noviembre de 2008

                             

¡Oh manos de mujeres      encontradas
      una vez en el sueño y en la vida:
      manos, por la pasión enloquecida
      opresas una vez, o desfloradas
      con la boca, en el sueño, o en la vida.

     

Frías, muy frías algunas,      como cosas
      muertas, de hielo, (¡cuánto desconsuelo!)
      o tibias cual extraño terciopelo,
      parecían vivir, parecían rosas:
      ¿rosas de qué jardín de ignoto suelo?

     

Nos dejaron algunas tal      fragancia
      y tan tenaz, que en una noche entera
      brotó en el corazón la primavera,
      y tanto embalsamó la muda estancia,
      que más aromas el abril no diera.

     

Otra, que acaso ardía el      fuego extremo
      de un alma (¿dónde estás, oh breve mano
      intacta ya, que con fervor insano
      oprimí?), clama con el dolor supremo;
      ¡tú me pudiste acariciar no en vano!

     

De otra viene el deseo, el      violento
      deseo que las carnes nos azota,
      y suscita en el ánimo la ignota
      caricia de la alcoba, el morir lento
      bajo ese gesto que la sangre agota.

     

Otras (aquéllas?) fueron      homicidas,
      maravillosas en engaños fueron:
      de arabias los perfumes no pudieron
      endulzarlas, hermosas y vendidas
      ¡cuántos ¡ay! por besarlas perecieron!

               

Otras    (¿las mismas?) de marmóreo brillo
    y más potentes que la recia espira,
    nos congelaron de demencia o ira,
    y las sacrificamos al cuchillo
    ( y, ni en sueños, la manca se retira.

   

vive en el sueño    inmóvilmente erguida
    la atroz mujer sin manos. Junto brota
    fuente de sangre y sin cesar rebota
    el par de manos en la enrojecida
    charca, sin salpicarse de una gota ).

   

Otras, como las manos de    María,
    hostias fueron de luz vivificante,
    y en su dedo anular brilló el diamante
    entre la augusta ceremonia pía:
    ¡jamás los rizos del amante!

   

Otras, cuasi viriles, que    oprimimos
    con pasión, de nosotros la pavura
    arrebataron y la fiebre oscura,
    y anhelando la gloria, presentimos
    iluminarse la virtud futura.

   

Otras nos produjeron un    profundo
    calofrío de espasmos sin iguales;
    y comprendimos que sus liliales
    palmas podrían encerrar un mundo
    inmenso, con sus bienes y sus males.

   


    ¡Oh alma, con sus bienes y sus males!

   


    Versión de Guillermo Valencia

   

                 




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