El saltador



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El saltador
El saltador se encoge, se agarra las rodillas,
esconde la cabeza entre las piernas.        
A punto de llegar da un latigazo
y se estira de golpe contra el agua:        
al sumergirse nace, y el mundo, sacudido,
vuelve a iniciar de nuevo sus circunvoluciones,        
su salto de gestante que atraviesa el espacio
como una caracola o bosta o piedra        
lanzado hacia la luz: le enseña el saltador
al mundo su trabajo, y a convertirlo en juego,        
y cómo al zambullirse quedar recién nacido:
le enseña el mecanismo de la vida.
       
El mundo se detiene y mira concentrado,
quizás reconociéndose en los gestos del hombre        
que rota y se traslada dibujando una elíptica
con su cuerpo visible sobre un eje invisible.
       
Es el mundo el que salta, no es el hombre:
esa bola que rasga la seda de la tarde        
desnudándolo todo, no es un hombre:
es el cauce de un río, las raíces de un árbol,        
la tierra de aluvión, pero no un hombre:
es el molde de un hombre, un recipiente        
vaciado de un hombre y luego vuelto
a llenar con el cauce, las raíces, la tierra:        
es el hueco dejado por un hombre
para darle un cobijo a las cosas del mundo.
       
El hombre, cuando salta, ya no piensa,
pues su interior es agua, filamentos o polvo.
       
Cuando salta es el puro movimiento
y es la inmovilidad perfecta y pura:        
es el mundo que gira y el mundo detenido.

El mundo, ese aprendiz de saltador,        
y el saltador, ese aprendiz de mundo,
se duermen en el aire
y nos suenan.